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Acerca de Pablo Odell

Pensódromo

Encerronas

En lo más alto se está un tiempo relativamente corto. No se cabe bien, lastima. El aire está enrarecido, falto de oxigeno, todo es afilado en la cúspide. Imposible acomodar en la poltrona las posaderas en los tiempos que corren; en los que hasta el más pintado sufre una encerrona, y se lo crujen.

Recordamos a Dominique, entonces, haciendo malabares como elefante en una pista de circo; percibíamos en él la emoción que lo aclamaba como líder en Francia; como para no excitarse si lo tuyo son los menage, la melange. Lo que pasó después siguió siendo un circo para Dominique; de medios, de opinión y de audiencias con hambre de relatos opulentos; hay una película, libros, millones de dólares que cambiaron de manos. Una encerrona que lo dejó fuera de juego, interrumpiendo algo que tenía muchas posibilidades de suceder a continuación. Alguien no quería que pasara, no pasó y de paso, fabricar beneficios de la desesperación de quién todo lo tuvo, y todo le fue arrebatado; lágrimas poderosas que bastan para que corran ríos de tinta; muchísimo mejor este escarnio contemporáneo que aquella guillotina de la revolución, porque así puedes una y mil veces, cortar su maldita testuz ante todos los públicos.

Con Rodrigo han hecho lo mismo: si el pueblo clama, hay que darle un cerdo bien gordo. Al contrario que Dominique, se sentó ahí, sobre la aguja en el pajar del FMI, sabiendo que en su patria no sería aclamado. Aprovechó mejor el tiempo por lo que parece: no cabreó a nadie de los que mandan; se ahorró los intereses fecundos de las orgías e hizo mejor lo que se esperaba de él, o sea nada. Terminada la sesión internacional de acupuntura, regresó a casa a por las sobras, y mudó a bolsa una de las redes más grandes de chanchullos políticos. Si fueron a buscar a Rodrigo de ese modo, con inspector enojado y todo, o es que al lado están pasando una película no apta para menores o, se había pasado de rosca. Conviene asegurarse de que nadie tropiece estos días con alfombra, tan abultada; que nadie estire de la manta ahora que llega el caloret faller; ahora que todos tenemos que prepararnos para aparecer virtuosos en las grandes citas de la contienda de la democracia que se avecina.

No nos podemos complacer como nos gustaría que incluso ellos tengan por encima, o adentro, un pez más gordo si cabe. No hay sorpresa en el semblante de Rodrigo; no hay ningún secreto que no lleve escrito en la cara. Personas como él, que medran en un sistema dejando las entrañas, el corazón y la conciencia en la taquilla: ¿de qué nos extrañamos? ¿Qué ha pasado que no se esperara? Y la mejor pregunta de todas: ¿y ahora, qué?

Seguiremos votando. Seguiremos eligiendo unos representantes, sólo porque no hay otros. Nos seguirán representando ellos, para no dejar desierto el premio, en los tenedores de las instituciones que gobiernan en el país, y en el meollo del corte de las que nos gobiernan a escala planetaria. Con el cerebro lavado de que somos un voto y de que nuestro voto cuenta, cuando en realidad somos personas, con nombre, apellidos y una historia que contar. Fans de libertades que no estamos dispuestos a defender hasta mancharnos, lo entregamos todo para quedar limpios. Consumidores que nos vamos quedando sin dinero pero, atentos a la televisión, a la prensa y a la radio financiada con publicidad, dando rabiosa la actualidad del Apocalipsis en estricto directo. Ciudadanos que pierden sus ciudades y con ellas sus deberes, derechos, sus parques y sus plazas; habitantes sedentarios sin hábitat ni jardines ni ciudadanía; nómadas que no saben a dónde van pero que mueren en el intento de no ser bien recibidos como agentes de paso por ninguna aduana; compradores de crédito virtual que pagarán con todo, menos con el oro que no tienen… Si tan sólo entendiéramos que casi todos aspiramos a la misma luz, y que la mayoría nos conformamos con tan poco.

Pero lo vamos a superar. Vamos a resistir no tener el jersey de marca; no disfrutar el auto de moda; no ser futbolistas ni tener un modelo de novia, el más caro que haya. Sobreviviremos a quedarnos sin vacaciones como hicimos cuando nos quedamos sin trabajo. Aprenderemos a no hacer nada por lo que nos paguen y poco a poco, nos iremos haciendo ricos de nuevo. Mientras tanto, continuaremos perdiendo la vida por un sueño; seguiremos adelante con la vida aunque sea sin dormir; y paulatinamente todos juntos, humanos y desnudos, entre manzanas y serpientes, conversando sobre lo que nos rodea, sobre cómo mejorar la relación con la incertidumbre de una naturaleza que se nos escapa y nos supera. Defendiendo a muerte lo que amamos si es atacado; matando por amor si algo les falta, comida o espacio (que es una forma de comida); hasta de nuevo, un día cualquiera, vestir a un cualquiera de soberano, o de semidiós; porque hacer caso y que nos hagan caso, es demasiado caramelo para el ser consciente, sensible, intelectual.

No quiero beber la sangre de Rodrigo, ¡puaj! Quiero recuperar para la sociedad libre sus caudales: los que tiene mugrientos entre los barros del sótano, los ilegales tras los barrotes de sus cajas fuertes, y los que tiene invertidos (no me quiero ni imaginar en qué). Queremos lo que se llevó de nuevo en la casa de todos, para ponerlo a trabajar, y no dar papaya a los verdugos; no sea que aparezca algún populista y someta a popular referendo, elegir por derecho la vuelta de aquél garrote tan vil.

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Trata de personas

900 personas que emigraban han perdido la vida este año intentando llegar por mar a las costas de esta Europa …que con tanta facilidad defenestramos los europeos. La Guardia Costera Europea ha rescatado a casi ¡10.000 personas desde el fin de semana! 1.511 de ellas en 12 operaciones ¡sólo el martes! 

Joel Millman, leemos en Huff Post, portavoz de la Organización Internacional para las Migraciones, cuenta el testimonio de algunos supervivientes que sí consiguieron llegar a la isla de Lampedusa: afirman que al menos un tercio de los pasajeros eran mujeres y niños y que, en el momento del hundimiento, se encontraban en el interior del casco para intentar protegerse del frío; y que cuando los hombres en cubierta se pusieron nerviosos y comenzaron a moverse porque un barco de rescate se estaba acercando, la embarcación se hundió y el agua llenó el casco. Se trata de personas obligadas a lanzarse al mar sin una buena nave, sin saber navegar, sin saber nadar; con sus amigos, con sus hijos. Obligadas por redes mafiosas, que continuarán siendo crueles y violentas en tierra con los lleguen; porque su negocio no es transportar migrantes discreacionalmente sino tratar con esclavos: un negocio antiguo que ha dado fortunas también en nuestras costas.

No es una ayuda para personas necesitadas de emigrar a Europa que salió mal, digamos: porque a un piloto le entró una rutilante inquietud. Les echan una mano, los amarran, porque son mano de obra para la boyante economía sumergida europea, impulsada con afán por las medidas salvajes de Bruselas y Berlín, de El Cairo y Dakar, de Nairobi… Todos persiguen lo mismo, ganar más dinero. Es el negocio de la pobreza a escala planetaria que cotiza en nuestras bolsas bajo un infinito de marcas amables; el negociado de la miseria humana que se sostiene porque da mucho, mucho dinero; un dinero terrorista al principio; orígenes oscuros siempre esos del primer millón; hasta que se va ennobleciendo la pasta con cada generación que la amasa. Dinero en origen, dinero en el tránsito y en el transporte, siempre por vericuetos ilegales absolutamente desprotegidos; dinero la violación y la violencia; da dinero, hasta embarcar a gente a gran escala, para que naufraguen. Darán dinero aquellos que se salven; darán dinero los que necesiten pagar, además, una deuda y darán dinero para reunir a la familia. Y hasta si todo sale bien serán en dinero el don y las dádivas que lleguen, por remesa postal o durante las vacaciones. Se trata de miles de millones de euros manchados de sangre, sudor y lágrimas.

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), António Guterres, ha dicho estar “profundamente consternado” por este último naufragio y ha apuntado que esta tragedia “demuestra lo importante que es contar con un sólido mecanismo de rescate marítimo en el Mediterráneo central”. Pero añade que  “tampoco se han reforzado los medios legales para que aquellos que necesitan protección puedan venir a Europa”. Algo que tienen todo el sentido; nuestra gran Europa, ni siquiera es capaz de cuidar bien de los suyos, frontera adentro. Para qué esas fronteras, si nuestras sociedades están tan divididas: por clase, por piel, por género… ¡por los dioses que rezamos!

Hemos de estar alerta a esta continuada “doctrina del shock” a la que estamos siendo sometidos; en los Alpes, en Lampedusa: nos distraen como ciudadanos de lo que hay más allá del horror: sirven a la ciudadanía el drama de personas que hasta muertas, dan dinero; y así ocultar la organización, el sistema que se beneficia. Nos pringan un sebo informativo hecho de personas muertas y raports de prensa, de gráficos y chismes sin elaborar por culpa de la prisa que se amontona sobre los cuerpos de tantos seres humanos; pegoteado por las paredes y los muros de todos los medios del mundo global para impedir la fricción del conocimiento, el calor del roce de la toma de conciencia; millones de opiniones y comentarios sobre el mismo punto, como si fuera una pelota, dejan fuera de juego el pensamiento. No podemos quedarnos entre muerte y muerte, esperando. Se nos irá la vida, moriremos, y seguirán muriendo como esclavos. Sea la vida mejorar en esas cosas, en lo que podamos relacionar y aprender mejor; formar parte más de la solución que del problema: al menos eso: contribuir a estirar la cuerda hacia el lado de una conciencia guiada por el amor.

En el año 1992, el británico David Wheatley dirigió una película sobre la emigración africana hacia Europa, producida por la BBC. Se titulaba La Marcha y, entre sus fuentes de financiación, contó con el Parlamento Europeo. El argumento era cómo se iba conformando una gran masa de personas que se dirigían desde un campo de refugiados de Sudán hacia Europa, a través de España, firmemente decididos a llegar, aunque sólo fuese a morir en las puertas de nuestras casas. La película termina que miles de personas lograban atravesar el Estrecho y desembarcar en las playas andaluzas sin que todos los intentos de los políticos lograsen disuadirles de su objetivo. Allí, en la misma playa, les espera el ejército de cascos azules de la ONU, fuertemente armados que encañonan a hombres, mujeres y niños, desesperados y semidesnudos. La escena deja a los espectadores escandalizados y angustiados con el interrogante de cómo se iba a resolver esa situación.

¿Cómo vamos a resolver eso? ¿Cómo respondemos cuando nuestros hijos preguntan por qué? Han pasado 25 años y la pregunta sigue abierta, porque lleva siglos abierta. Abierta, porque no tiene respuesta sino muchas respuestas. Por un lado están las respuestas formales, colectivas; esas que ver con los recursos de todos: la de los guardacostas, la de las vallas de Melilla, la de los equipos de salvamento marítimo, la de los asistentes sociales, la de los gobiernos y organizaciones… Pero por otro están las respuestas informales, personales que toleramos este sistema miserable, cruel y violento, aceptando unas reglas de juego propensas a esclavizar a otros en grado multidiverso, mientras no sea yo; a que existan seres humanos en la miseria, mientras no sean los míos.

La Organización Internacional para las Migraciones, fue creada en 1951 tras el caos y los desplazamientos en Europa occidental consecutivos a la Segunda Guerra Mundial. Desde su origen, como organismo operativo logístico, la OIM ha ido ampliando su alcance hasta convertirse en la principal organización internacional que trabaja con los gobiernos y la sociedad civil para promover la comprensión sobre las cuestiones migratorias, alentar el desarrollo socioeconómico a través de la migración y velar por la dignidad humana y el bienestar de los migrantes. Cuenta con un presupuesto operativo de casi 1,3 mil millones de dólares EE.UU. y una plantilla de personal de 8.400 personas en más de 150 países a través del mundo. La OIM cuenta con 157 Estados Miembros y 10 Estados que gozan del estatuto de observador. Al ser la “Agencia para las Migraciones” la OIM es el punto de referencia en el candente debate mundial sobre las repercusiones sociales, económicas y políticas de la migración en el siglo XXI. Su sede está en el 17, Route des Morillons, Ginebra, Suiza.

Digitalmente tullidos

Decía Laura Poitras en una entrevista difundida por www.eldiario.es en noviembre de 2014: «Sé que estaré en el rádar de las agencias de inteligencia de todo el mundo». Y por supuesto; no cabe la menor duda: y si no fue por su trayectoria como cineasta crítica con el Poder, si no fue por el contenido político e ideológico de su trabajo, especialmente éste último Citizenfour ganador del Oscar 2015 mejor documental; lo sería como cualquiera de nosotros: si creemos lo que nos cuenta Edward Snowden: nuestra civilización es Un mundo feliz, controlada por un Gran Hermano. «Snowden no está cooperando o trabajando para ninguna otra agencia de inteligencia, eso es simplemente una historia creada por el Gobierno», asegura la periodista, elegida por el propio extrabajador de la NSA para hacer pública su filtración. Un acto de fe para el común de los ciudadanos: ¿es real, es ficción? Hemos de creer, queremos creer pero ¿cómo abordar una realidad que tiene que ver con la virtualidad de unos datos y de unos metadatos, que nos llega como un relato shakespereano?

A la NSA se le sale un patito de la fila y no nos cuestionamos su sistema de selección de personal como en cambio sí parece que estamos dispuestos a hacer con Lufthansa. Raro. Con una mano ansiamos aumentar el control y con la otra, limitar su alcance; queremos ser seres con derecho a la privacidad pero que Germanwings conozca hasta los sueños más íntimos de sus pilotos. Las revelaciones de Snowden, por otra parte, son lo suficientemente calientes como para incendiar muchas de nuestras conductas comunicativas sin embargo, no parece que el grueso de la población vayamos a transformar nuestra manera de actuar en las múltiples formas que tenemos hoy para decirnos lo de siempre. ¿Cómo se vive lo privado cuando no importa?

Vive el cine gracias al cuál alguien con una historia que contar –y menuda historia– se enfrenta a alguien con los recursos y las relaciones para contarla. Vive la televisión que nos fue informando en directo mientras ellos grababan en diferido, en Hong Kong; fue y es parte importante en el documental. Vive el periodismo de investigación que tuvo en sus manos cocinar toda esa ensalada descomunal de datos e información al alcance de muy pocos. Vive el poder europeo, imperial también, que se activó contra la hegemonía y el imperio ruso que convenientemente todavía da asilo. Viven las grandes marcas del sector del periodismo de toda la vida que sostienen un alto nivel de calidad profesional, sin cuyo aval no estaríamos antes este Watergate contemporáneo y descomunal. La garganta es cada vez más profunda.

Viven quienes muestran el valor y la capacidad para hacer películas difíciles, controvertidas y arriesgadas; quienes con poco artificio comparten un relato que cambia la faz de nuestro ser humano, hoy. Viven quienes reconocen y premian; y vivimos nosotros, públicos que leemos, que vemos, que pensamos; que queremos un buen cuento para no dormir; tan imprudentes, sólo que ahora sabiendo que cuando nos tocamos nos ven, que cuando nos hablamos al oído nos escuchan, que cuando subimos cosas a Internet entran en un procomún del que no tenemos nada claro los límites entre lo real y lo virtual, lo justo y lo injusto, lo ético y lo equivocado. ¿Es que a caso los datos no son como la tierra, de quiénes los trabajan? ¿No son de quiénes los generan? ¿Qué diferencia hay entre un sicario o un escuadrón de la muerte y un ataque con dron, si la cosa es que yo muera?

Es interesante contrastar Citizenfour con Matar al mensajero (‘Kill the Messenger’, Michael Cuesta, 2014), un thriller dramático basado en hechos reales, producida por Focus Features, la productora de cine independiente división de Universal Studios. En ambos casos se aborda “independientemente” la cuestión del alcance del poder de control del Gobierno de los Estados Unidos y sus aliados sobre los ciudadanos del mundo. Un gobierno, por cierto, en manos de un sistema de alternancia bipartidista, demócrata o republicano, del que se desentiende casi la mitad de la población estadounidense que no vota.

Combinamos la visión de estas dos películas, por ejemplo, con la serie Homeland, House of Cards o El ala oeste de la Casa Blanca; y con el documental de Michael Moore sobre los atentados del 9/11; y con las Guerras sucias de Rick Rowley; o con la saga de Misión imposible o James Bond. Y con televisión, con mucha televisión; y con libros, y con web, aplicaciones y redes sociales… ¿Qué hacemos con todo eso? ¿De qué nos sirve saber? Podemos no creer en Laura ni en Edward; podemos no creer en Glenn Greenwald y Ewan MacAskill; podemos no creer en las grandes casas del periodismo que respaldan su trabajo; podemos no creer en que una película puede ser verdad sea o no ficción… Pero si creemos, que es lo que me importa, si creemos ¿en qué se traduce? La verdad está ahí, la tenemos al alcance de la mano, ¿qué hacemos con ella? Y lo mismo con la violencia machista o el abuso sexual a niños y adolescentes.

Edward hizo su trabajo, y cuando ese trabajo chocó con su planteamiento ético, ¿le apostó a su ética? Se puso en contacto con alguien como Laura, y poco a poco se fueron involucrando personajes todos ellos muy valiosos. ¿Creemos en ellos y en su trabajo? La película aún se encuentra en el limbo del entretenimiento: presentándose y difundiéndose pero en unas semanas, quedará ahí, en esos anaqueles virtuales donde se encuentra Matar al mensajero y tantas otras experiencias audiovisuales, escritas, habladas o fotográficas que, en su conjunto, conforman una excelente aproximación a la comprensión historicista del poder del imperio; bajo cuya pax vivimos hoy día, como a otras personas les fue dado vivir bajo el yugo de Roma, o del Faraón, o de Babilonia o de Alejandro Magno o del Gran Khan.

Nunca hubo tanto material para aprehender el presente de lo que nos pasa como civilización. Es urgente pues trabajar en qué hacemos con ello, con ese saber, con ese arte de compromiso con la humanidad. Entonces, es hora de los maestros, de los profesores, de los que acompañan en esto de pensar, reflexionar y ser críticos con la sociedad de la que somos partes y de ser alumnos; especialmente porque por ahí andan creciendo nuestros hijos.

Sergi Puertas fue visionario cuando escribió hace más de una década:

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Al perfeccionamiento absoluto
De las tecnologías de comunicación
santificadas hoy por el gran público,
le seguiré, de seguro,
un rechazo vilolento y unánime
de las tecnologías de comunicación
por parte de ese mismo gran público.

A más interactiva la experiencia
ya se sabe
más aniquiladora resulta.

Serán precisas entonces
nuevas tecnologías encaminadas
a abrir distancias entre nosotros, cavar fosos
que nos preserven así del otro
que nos guarden de salir del contacto
digitalmente tullidos
binariamente escaldados
hexadecimalmente defraudados.

Rutilante inquietud

Airbus 320, operado por Germanwings.

Airbus 320, operado por Germanwings. 

Es inquietante si fue una cadena de fallos humanos, técnicos o de mala gestión del operador. Es inquietante si tuvo que ver con la huelga en controladores en Francia. Es inquietante la posibilidad de que haya sido un acto terrorista. Un centenar y medio de personas fallecidas y el sentimiento y la emoción de todos aquellos que las conocían, las querían o las apreciaban, servido de tapete para un paquete de debates que gobernarán la pantalla durante las próximas semanas. Hasta el próximo accidente; porque habrá más; siempre los hay. Discusiones en red acerca de: la seguridad en el transporte aéreo; el modelo “low cost” aplicado a la aviación civil y comercial, ruegos y preguntas; la formación de los pilotos para gestión de crisis en vuelo; o la aviónica hoy, en relación al momento técnico y tecnológico que vivimos; pan para nuestros miedos de cada día.

Hubo un tiempo en que lo peligroso era lo del despegue y lo del aterrizaje. Ahora parece que ya no; que la pericia de los pilotos combinada con los adelantos tecnológicos, ha reducido mucho ese tipo de accidentes. Ahora parece que el tema es durante el vuelo de crucero. Damos el mando a los automatismos y al software, cada vez mejor programado para aprender por su cuenta; y nos vemos obligados a cuestionarnos una vez más «¿y quién nos protege de quién nos protege?».

Los accidentes, son grandes impactos gracias a los cuales sacamos a relucir los temas que se vieron involucrados: en trance de mejoras se supone, de evoluciones que de otro modo no logran captar la energía suficiente. A veces hay accidentes que provocan una extinción en masa, y entonces aprender se vuelve más lento pero, no es el caso: todo continúa sólo que con algunos cambios. Quiero pensar que el aprendizaje de la máquina salvará vidas en el futuro: todas esas posibles nuevas veces en que llegaremos sanos y salvos a destino y no habrá nada de que hablar del trasiego; en que la posible crisis se haya podido resolver gracias al conocimiento recogido de esa información tan valiosamente cara. Nadie se prestaría a semejante sacrificio: el cuerpo es lo que nos hace seres humanos y queremos seguir en él; por lo que la accidentalidad se torna aleatoria. O no. Y eso me inquieta.

El pasado accidente en Ucrania, el vuelos desaparecido en el mar, el vuelo desaparecido completamente de la faz de la tierra, el del norte de África tripulado por españoles. Cada accidente pone unos temas en los medios, en las redes sociales, en las conversaciones de oficina y de taberna, en las casas. Y es de suponer que en las altas esferas del estado y del gobierno sea tema; tema de preocupación y plan de actuación. Se hablará durante semanas de la versión oficial, medida a cuenta gota por gabinetes de prensa. Y entre tanto, la gente comentará si será cosa de extraterrestres, de fenómenos paranormales; e inventará toda suerte de conspiraciones y teorías con el fin de rellenar los huecos, las líneas entre los puntos negros.

Atentos a la cortina de humo sobre el operador de bajo coste de Lufthansa, Germanwings, que nos impedirá ver bien quiénes ganan dinero especulando con la subida y bajada de acciones de la compañía. Quiénes, durante estas horas en que nosotros estábamos fuera de juego, vendieron y compraron barato valores decaídos por un momento de horror. Para quiénes, los accidentes de aviación como éste, son lucrativos y en qué medida. Atentos… por que parece que llevamos unos días de fallas técnicas generalizadas: sensores que se congelan, software que cuando controla la nave no quiere devolverla; un gran abanico de problemas que se solventaron en parte “puenteando” a la máquina. La propia Airbus pone a disposición de los pilotos manuales sobre como hacer el “puente” a los sistemas integrados para contrarrestar los errores humanos.

¿Cabría imaginar que la red de información, el cerebro virtual que controla toda la aviación civil y comercial, haya adquirido conciencia de sí, y esté pulseando con los humanos sobre el control? Podemos caminar sin la máquina, pasear, pero no podemos volar así a bajo coste a todas partes, con o sin ton ni son, sin su ayuda; ya no. Las variables a considerar en orden y el poder de computación necesarios son descomunales; unas cuestiones de logística impensables; una locura de caos sobre la marcha que lo rige todo los los pelos. No a esa escala. Necesitamos a la máquina y a su inteligencia virtual para encomendarnos al avión como si fuera un aerobus; nos servimos de ella. ¿Confiamos en ella como en el pasado confiamos en los esclavos en las galeras?

Nos van a adormecer el corazón con dramas humanos directos e indirectos omnipresentes temporalmente en todos los shows de realidad. ¿Quién recuerda a los de Malasyan o a los de Spanair?. Se hará lo necesario para que tengamos claro que podríamos haber sido ser cualquiera, así que mucho ojo: profesionales de la lírica, empleados, madres con bebés; jóvenes alemanes como nuestro hijo que volvían de ver como es el mundo en Llinars del Vallés. Pasarán las semanas y se de nos dará cumplida cuenta –y cuento– de los hechos recogidos por las cajas negras, interpretadas por los técnicos, y por los que interpretan a los técnicos y por los que interpretan a los que interpretan a los técnicos. Un qué pasó que, de nuevo, será una red de medias verdades que dejará insatisfecha nuestra curiosidad sobre la historia; con sus misterios inexplicables y sus secretos, apetito de nuestra imaginación ansiosa de lecturas y ociosa de experiencias auténticas. Lost, comenzando una y otra vez.

Lo virtual, su inteligencia artificial, tiene ventajas respecto a la máquina que ejecuta sus ordenes: un objeto industrial, seriado, mecánico, remplazable; sin vida. Pero el alma humana -entendida como algo cuántico– necesita del cuerpo más que lo virtual, la mecánica. En la vida, el cuerpo que somos es insustituible: somos en la realidad, somos reales, somos cuerpo en vida. La máquina pierde unos metales y unas fibras de carbono, estructuras a punto de entrar en desguace pero su naturaleza virtual pervive, puede extrapolarse a una nave más nueva, aprender y con ella, un puñado de personas lo pierden todo; de las que tan sólo queda el alma, lo virtual, que conserven en el amor y en los recuerdos, aquellos seres queridos que los quisieron. En la especie humana, el alma es importante, pero no todo. No es reemplazable, no se extrapola.

Me pregunto si lo virtual no sentirá parecido cada vez que en un simulador un piloto estrella su avatar. Cuando eso pasa el piloto ni nadie pierde nada; pero, la máquina, quizá sí –¿y sí?: creó un perfil de datos… lo desarrolló con pulcritud genómica y se lo destruyó sin contemplaciones –humanos insensibles a todo lo que no sea su propio interés–. Nunca una persona derrama lágrimas por un avatar hecho añicos; no hay conmoción en perder una de esas vidas virtuales contra una montaña virtual; cuando se colapsa el código pulsamos enter, y reiniciamos. Consideramos la muerte el final de la vida, la evitamos y la tememos, la lloramos y nos angustia; en cambio el «Game Over» se siente apenas un preludio; hasta la próxima partida: «Insert coin». La máquina no llora tampoco a nuestras víctimas.

En este accidente tenemos a un grupo de personas y empresas que ganaron dinero con el siniestro. Habría que investigar qué negocio es ese que rinde en dinero de los aviones estrellados. Una investigación seria, a escala de Naciones Unidas que derive implicaciones, procedimientos y compensaciones. Hay qué saber cuánto dinero y en qué direcciones mueve un evento de esta magnitud: aseguradoras, bonos, plusvalías, acciones, coste para el Estado y para los afectados. Aunque sea legal, tenemos que conocer la faz de esta monstruosidad.

Y desde luego, la máquina: en el momento en que se vuelquen los datos en el sistema: y se cotejen con datos que fueron enviados telemáticamente a tiempo real: la máquina habrá adquirido más conocimiento. Esa situación –¿accidental?– le ha enseñado algo importante sobre operaciones de vuelo sobre la realidad siempre tan montañosa. Muy útil cuando el “low cost”, un día de estos, sea porque se vuela sin piloto, ni copiloto, ni asistentes de vuelo: solo la máquina y nosotros viviendo el bajo coste en toda su plenitud.

Es la misma imagen que la del piloto en el simulador sólo que al revés: su avatar, somos nosotros. Lo que en esencia es información, se nutre de una información muy valiosa (y muy cara humanamente de conseguir) aunque se hayan perdido y ganado unos millones de euros de por medio; y nosotros, que somos en esencia… ¿agua, hidrocarburos, sales y minerales? ¿Un qué, que sin el cuerpo de la vida no podemos vivir? ¿Un qué que sin el cuerpo de quienes amamos, sufrimos tanto? Aunque permanezca el amor, el pensamiento, todo lo compartido durante la vida vuelto virtual, los queremos viviendo de nuevo, regresando a casa, volviendo al teatro, a la pasarela, a la oficina, al hogar lleno de hijos.

En el eclipse del capitalismo

FEGARSPA S.A

FEGARSPA S.A

El dinamismo emprendedor propio de los mercados emergentes, ha ido reduciendo su productividad. Gracias a la ‘revolución tecnológica’ se redujeron los costes de los bienes y servicios que puedo brindar que, paulatinamente, van dejando de estar sujetos a las tiranteces del mercado, lo que me permite encontrar mejor entre los consumidores, los clientes apropiados; y en el mercado, mi cuota precisa. Menos, pero mejor.

La naciente ‘Internet de las cosas’, una infraestructura tecnológica nueva y extraordinaria, «nos habla a través de la red y de nuestros avanzados dispositivos; los edificios, los paisajes y los territorios nos hablan desde capas de información superpuesta, cogenerada en muchos casos por otras personas que la enriquecen semánticamente, gráficamente, audiovisualmente»; es ‘el eclipse del capitalismo’ que nos invita a formar parte del ascenso de un procomún colaborativo que se está dando en todo el mundo.

Un una economía híbrida —en parte capitalista y en parte procomún— con repercusiones de gran alcance para la sociedad y sus ciudadanos. Centenares de millones de personas ya transfieren partes de su vida económica al procomún colaborativo mundial: comparten automóviles, viviendas, prendas de vestir y otros artículos mediante redes sociales, sistemas de alquiler, asociaciones de redistribución y cooperativas, y todo ello con un coste pequeño o casi nulo. El capital social se vuelve tan importante como el capital financiero; la libertad de acceso triunfa sobre la propiedad; la sostenibilidad va desbancando al consumismo y la cooperación, a la competencia.

Y en esos nuevos escenarios, jugando un papel cada vez más especializado, personificado y personalizado como agregador de servicios y soluciones en red, prosperaré en la que se avecina. Me domina una gran incertidumbre pero no una visión pesimista del progreso; los desafíos sociales y ecológicos de nuestra época son un ambicioso escenario para el futuro a medio plazo; que abordo con buen ánimo.

¿Sobre el último libro de Jeremy Rifkin La sociedad del coste marginal cero? Ni siquiera recomendable abrazarlo si no se ha leído y comprendido bien La civilización empática (del mismo autor, 2010). El ser humano progresa reduciendo su egoísmo y ampliando su empatía y profesionalmente, cuando se es capaz de moverse entre lo que Kevin Kelly llama los valores generativos.

Cultura de participación

Una cultura de participación es una cultura en la que los criterios de expresión tanto artísticos como cívicos (o políticos) alientan a crear y compartir; en la que sus miembros consideran que sus contribuciones importan; en la que se dan grados de conexión social que hace que importe lo que los demás piensen de lo creado; y en las que participar es esencial, más importante incluso que si es a favor de un “sí” o un “no”. Pero la tentación de pensar que la participación, que la cultura de la participación, se dará naturalmente apunta tres razones para preocuparse: no todos tuvieron las mismas oportunidades de acceder; hay que entender cómo los medios afectan a la percepción del mundo; y, prepararse para pode tener un papel activo en esta sociedad, en este modelo, tan cambiante.

Expertos como Henry Jenkins, profesor del MIT, a quien llegamos gracias a Francis Pisani, hablaba sobre una serie de competencias y habilidades necesarias: abordar la solución de problemas como si fueran juegos; crear simulaciones y modelos dinámicos; apropiarse de contenidos digitales y usarlos mezclados con otros; trabajar colectivamente para aumentar las capacidades cognitivas y contribuir a la inteligencia colectiva; apreciar el valor y la credibilidad de las fuentes encontradas en la web; crear redes, seguir historias y relatos contados en variedad de medios; y negociar con las diferentes comunidades en relación.

¡Oh, peregrino!

> Vía «Pabloramas»

Vía «Pabloramas»

«Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, y en Roma misma a Roma no la hallarás» 
Quevedo.

Vive instalado en lugares vivenciales que tienen continuidad con su cuerpo. Sabe donde están, qué forma tienen o recorrerlos con un mapa bastante preciso. Cautivo de sus representaciones físicas fluye hacia un lugar remoto: un espacio de pensamiento, sueño, luz y deseo, que en los lindes de lo místico y lo mágico resiste su entrada en los relatos. Situado en el espacio gracias a herramientas y redes complejas de manera muy distinta a cómo lo percibe, sabe que las referencias topográficas cambian a medida que alguien escribe un libro, nombrándolas de nuevo alimentando la imaginación de quienes escuchan.