Encerronas

En lo más alto se está un tiempo relativamente corto. No se cabe bien, lastima. El aire está enrarecido, falto de oxigeno, todo es afilado en la cúspide. Imposible acomodar en la poltrona las posaderas en los tiempos que corren; en los que hasta el más pintado sufre una encerrona, y se lo crujen.

Recordamos a Dominique, entonces, haciendo malabares como elefante en una pista de circo; percibíamos en él la emoción que lo aclamaba como líder en Francia; como para no excitarse si lo tuyo son los menage, la melange. Lo que pasó después siguió siendo un circo para Dominique; de medios, de opinión y de audiencias con hambre de relatos opulentos; hay una película, libros, millones de dólares que cambiaron de manos. Una encerrona que lo dejó fuera de juego, interrumpiendo algo que tenía muchas posibilidades de suceder a continuación. Alguien no quería que pasara, no pasó y de paso, fabricar beneficios de la desesperación de quién todo lo tuvo, y todo le fue arrebatado; lágrimas poderosas que bastan para que corran ríos de tinta; muchísimo mejor este escarnio contemporáneo que aquella guillotina de la revolución, porque así puedes una y mil veces, cortar su maldita testuz ante todos los públicos.

Con Rodrigo han hecho lo mismo: si el pueblo clama, hay que darle un cerdo bien gordo. Al contrario que Dominique, se sentó ahí, sobre la aguja en el pajar del FMI, sabiendo que en su patria no sería aclamado. Aprovechó mejor el tiempo por lo que parece: no cabreó a nadie de los que mandan; se ahorró los intereses fecundos de las orgías e hizo mejor lo que se esperaba de él, o sea nada. Terminada la sesión internacional de acupuntura, regresó a casa a por las sobras, y mudó a bolsa una de las redes más grandes de chanchullos políticos. Si fueron a buscar a Rodrigo de ese modo, con inspector enojado y todo, o es que al lado están pasando una película no apta para menores o, se había pasado de rosca. Conviene asegurarse de que nadie tropiece estos días con alfombra, tan abultada; que nadie estire de la manta ahora que llega el caloret faller; ahora que todos tenemos que prepararnos para aparecer virtuosos en las grandes citas de la contienda de la democracia que se avecina.

No nos podemos complacer como nos gustaría que incluso ellos tengan por encima, o adentro, un pez más gordo si cabe. No hay sorpresa en el semblante de Rodrigo; no hay ningún secreto que no lleve escrito en la cara. Personas como él, que medran en un sistema dejando las entrañas, el corazón y la conciencia en la taquilla: ¿de qué nos extrañamos? ¿Qué ha pasado que no se esperara? Y la mejor pregunta de todas: ¿y ahora, qué?

Seguiremos votando. Seguiremos eligiendo unos representantes, sólo porque no hay otros. Nos seguirán representando ellos, para no dejar desierto el premio, en los tenedores de las instituciones que gobiernan en el país, y en el meollo del corte de las que nos gobiernan a escala planetaria. Con el cerebro lavado de que somos un voto y de que nuestro voto cuenta, cuando en realidad somos personas, con nombre, apellidos y una historia que contar. Fans de libertades que no estamos dispuestos a defender hasta mancharnos, lo entregamos todo para quedar limpios. Consumidores que nos vamos quedando sin dinero pero, atentos a la televisión, a la prensa y a la radio financiada con publicidad, dando rabiosa la actualidad del Apocalipsis en estricto directo. Ciudadanos que pierden sus ciudades y con ellas sus deberes, derechos, sus parques y sus plazas; habitantes sedentarios sin hábitat ni jardines ni ciudadanía; nómadas que no saben a dónde van pero que mueren en el intento de no ser bien recibidos como agentes de paso por ninguna aduana; compradores de crédito virtual que pagarán con todo, menos con el oro que no tienen… Si tan sólo entendiéramos que casi todos aspiramos a la misma luz, y que la mayoría nos conformamos con tan poco.

Pero lo vamos a superar. Vamos a resistir no tener el jersey de marca; no disfrutar el auto de moda; no ser futbolistas ni tener un modelo de novia, el más caro que haya. Sobreviviremos a quedarnos sin vacaciones como hicimos cuando nos quedamos sin trabajo. Aprenderemos a no hacer nada por lo que nos paguen y poco a poco, nos iremos haciendo ricos de nuevo. Mientras tanto, continuaremos perdiendo la vida por un sueño; seguiremos adelante con la vida aunque sea sin dormir; y paulatinamente todos juntos, humanos y desnudos, entre manzanas y serpientes, conversando sobre lo que nos rodea, sobre cómo mejorar la relación con la incertidumbre de una naturaleza que se nos escapa y nos supera. Defendiendo a muerte lo que amamos si es atacado; matando por amor si algo les falta, comida o espacio (que es una forma de comida); hasta de nuevo, un día cualquiera, vestir a un cualquiera de soberano, o de semidiós; porque hacer caso y que nos hagan caso, es demasiado caramelo para el ser consciente, sensible, intelectual.

No quiero beber la sangre de Rodrigo, ¡puaj! Quiero recuperar para la sociedad libre sus caudales: los que tiene mugrientos entre los barros del sótano, los ilegales tras los barrotes de sus cajas fuertes, y los que tiene invertidos (no me quiero ni imaginar en qué). Queremos lo que se llevó de nuevo en la casa de todos, para ponerlo a trabajar, y no dar papaya a los verdugos; no sea que aparezca algún populista y someta a popular referendo, elegir por derecho la vuelta de aquél garrote tan vil.

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