Trata de personas

900 personas que emigraban han perdido la vida este año intentando llegar por mar a las costas de esta Europa …que con tanta facilidad defenestramos los europeos. La Guardia Costera Europea ha rescatado a casi ¡10.000 personas desde el fin de semana! 1.511 de ellas en 12 operaciones ¡sólo el martes! 

Joel Millman, leemos en Huff Post, portavoz de la Organización Internacional para las Migraciones, cuenta el testimonio de algunos supervivientes que sí consiguieron llegar a la isla de Lampedusa: afirman que al menos un tercio de los pasajeros eran mujeres y niños y que, en el momento del hundimiento, se encontraban en el interior del casco para intentar protegerse del frío; y que cuando los hombres en cubierta se pusieron nerviosos y comenzaron a moverse porque un barco de rescate se estaba acercando, la embarcación se hundió y el agua llenó el casco. Se trata de personas obligadas a lanzarse al mar sin una buena nave, sin saber navegar, sin saber nadar; con sus amigos, con sus hijos. Obligadas por redes mafiosas, que continuarán siendo crueles y violentas en tierra con los lleguen; porque su negocio no es transportar migrantes discreacionalmente sino tratar con esclavos: un negocio antiguo que ha dado fortunas también en nuestras costas.

No es una ayuda para personas necesitadas de emigrar a Europa que salió mal, digamos: porque a un piloto le entró una rutilante inquietud. Les echan una mano, los amarran, porque son mano de obra para la boyante economía sumergida europea, impulsada con afán por las medidas salvajes de Bruselas y Berlín, de El Cairo y Dakar, de Nairobi… Todos persiguen lo mismo, ganar más dinero. Es el negocio de la pobreza a escala planetaria que cotiza en nuestras bolsas bajo un infinito de marcas amables; el negociado de la miseria humana que se sostiene porque da mucho, mucho dinero; un dinero terrorista al principio; orígenes oscuros siempre esos del primer millón; hasta que se va ennobleciendo la pasta con cada generación que la amasa. Dinero en origen, dinero en el tránsito y en el transporte, siempre por vericuetos ilegales absolutamente desprotegidos; dinero la violación y la violencia; da dinero, hasta embarcar a gente a gran escala, para que naufraguen. Darán dinero aquellos que se salven; darán dinero los que necesiten pagar, además, una deuda y darán dinero para reunir a la familia. Y hasta si todo sale bien serán en dinero el don y las dádivas que lleguen, por remesa postal o durante las vacaciones. Se trata de miles de millones de euros manchados de sangre, sudor y lágrimas.

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), António Guterres, ha dicho estar “profundamente consternado” por este último naufragio y ha apuntado que esta tragedia “demuestra lo importante que es contar con un sólido mecanismo de rescate marítimo en el Mediterráneo central”. Pero añade que  “tampoco se han reforzado los medios legales para que aquellos que necesitan protección puedan venir a Europa”. Algo que tienen todo el sentido; nuestra gran Europa, ni siquiera es capaz de cuidar bien de los suyos, frontera adentro. Para qué esas fronteras, si nuestras sociedades están tan divididas: por clase, por piel, por género… ¡por los dioses que rezamos!

Hemos de estar alerta a esta continuada “doctrina del shock” a la que estamos siendo sometidos; en los Alpes, en Lampedusa: nos distraen como ciudadanos de lo que hay más allá del horror: sirven a la ciudadanía el drama de personas que hasta muertas, dan dinero; y así ocultar la organización, el sistema que se beneficia. Nos pringan un sebo informativo hecho de personas muertas y raports de prensa, de gráficos y chismes sin elaborar por culpa de la prisa que se amontona sobre los cuerpos de tantos seres humanos; pegoteado por las paredes y los muros de todos los medios del mundo global para impedir la fricción del conocimiento, el calor del roce de la toma de conciencia; millones de opiniones y comentarios sobre el mismo punto, como si fuera una pelota, dejan fuera de juego el pensamiento. No podemos quedarnos entre muerte y muerte, esperando. Se nos irá la vida, moriremos, y seguirán muriendo como esclavos. Sea la vida mejorar en esas cosas, en lo que podamos relacionar y aprender mejor; formar parte más de la solución que del problema: al menos eso: contribuir a estirar la cuerda hacia el lado de una conciencia guiada por el amor.

En el año 1992, el británico David Wheatley dirigió una película sobre la emigración africana hacia Europa, producida por la BBC. Se titulaba La Marcha y, entre sus fuentes de financiación, contó con el Parlamento Europeo. El argumento era cómo se iba conformando una gran masa de personas que se dirigían desde un campo de refugiados de Sudán hacia Europa, a través de España, firmemente decididos a llegar, aunque sólo fuese a morir en las puertas de nuestras casas. La película termina que miles de personas lograban atravesar el Estrecho y desembarcar en las playas andaluzas sin que todos los intentos de los políticos lograsen disuadirles de su objetivo. Allí, en la misma playa, les espera el ejército de cascos azules de la ONU, fuertemente armados que encañonan a hombres, mujeres y niños, desesperados y semidesnudos. La escena deja a los espectadores escandalizados y angustiados con el interrogante de cómo se iba a resolver esa situación.

¿Cómo vamos a resolver eso? ¿Cómo respondemos cuando nuestros hijos preguntan por qué? Han pasado 25 años y la pregunta sigue abierta, porque lleva siglos abierta. Abierta, porque no tiene respuesta sino muchas respuestas. Por un lado están las respuestas formales, colectivas; esas que ver con los recursos de todos: la de los guardacostas, la de las vallas de Melilla, la de los equipos de salvamento marítimo, la de los asistentes sociales, la de los gobiernos y organizaciones… Pero por otro están las respuestas informales, personales que toleramos este sistema miserable, cruel y violento, aceptando unas reglas de juego propensas a esclavizar a otros en grado multidiverso, mientras no sea yo; a que existan seres humanos en la miseria, mientras no sean los míos.

La Organización Internacional para las Migraciones, fue creada en 1951 tras el caos y los desplazamientos en Europa occidental consecutivos a la Segunda Guerra Mundial. Desde su origen, como organismo operativo logístico, la OIM ha ido ampliando su alcance hasta convertirse en la principal organización internacional que trabaja con los gobiernos y la sociedad civil para promover la comprensión sobre las cuestiones migratorias, alentar el desarrollo socioeconómico a través de la migración y velar por la dignidad humana y el bienestar de los migrantes. Cuenta con un presupuesto operativo de casi 1,3 mil millones de dólares EE.UU. y una plantilla de personal de 8.400 personas en más de 150 países a través del mundo. La OIM cuenta con 157 Estados Miembros y 10 Estados que gozan del estatuto de observador. Al ser la “Agencia para las Migraciones” la OIM es el punto de referencia en el candente debate mundial sobre las repercusiones sociales, económicas y políticas de la migración en el siglo XXI. Su sede está en el 17, Route des Morillons, Ginebra, Suiza.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s