Digitalmente tullidos

Decía Laura Poitras en una entrevista difundida por www.eldiario.es en noviembre de 2014: «Sé que estaré en el rádar de las agencias de inteligencia de todo el mundo». Y por supuesto; no cabe la menor duda: y si no fue por su trayectoria como cineasta crítica con el Poder, si no fue por el contenido político e ideológico de su trabajo, especialmente éste último Citizenfour ganador del Oscar 2015 mejor documental; lo sería como cualquiera de nosotros: si creemos lo que nos cuenta Edward Snowden: nuestra civilización es Un mundo feliz, controlada por un Gran Hermano. «Snowden no está cooperando o trabajando para ninguna otra agencia de inteligencia, eso es simplemente una historia creada por el Gobierno», asegura la periodista, elegida por el propio extrabajador de la NSA para hacer pública su filtración. Un acto de fe para el común de los ciudadanos: ¿es real, es ficción? Hemos de creer, queremos creer pero ¿cómo abordar una realidad que tiene que ver con la virtualidad de unos datos y de unos metadatos, que nos llega como un relato shakespereano?

A la NSA se le sale un patito de la fila y no nos cuestionamos su sistema de selección de personal como en cambio sí parece que estamos dispuestos a hacer con Lufthansa. Raro. Con una mano ansiamos aumentar el control y con la otra, limitar su alcance; queremos ser seres con derecho a la privacidad pero que Germanwings conozca hasta los sueños más íntimos de sus pilotos. Las revelaciones de Snowden, por otra parte, son lo suficientemente calientes como para incendiar muchas de nuestras conductas comunicativas sin embargo, no parece que el grueso de la población vayamos a transformar nuestra manera de actuar en las múltiples formas que tenemos hoy para decirnos lo de siempre. ¿Cómo se vive lo privado cuando no importa?

Vive el cine gracias al cuál alguien con una historia que contar –y menuda historia– se enfrenta a alguien con los recursos y las relaciones para contarla. Vive la televisión que nos fue informando en directo mientras ellos grababan en diferido, en Hong Kong; fue y es parte importante en el documental. Vive el periodismo de investigación que tuvo en sus manos cocinar toda esa ensalada descomunal de datos e información al alcance de muy pocos. Vive el poder europeo, imperial también, que se activó contra la hegemonía y el imperio ruso que convenientemente todavía da asilo. Viven las grandes marcas del sector del periodismo de toda la vida que sostienen un alto nivel de calidad profesional, sin cuyo aval no estaríamos antes este Watergate contemporáneo y descomunal. La garganta es cada vez más profunda.

Viven quienes muestran el valor y la capacidad para hacer películas difíciles, controvertidas y arriesgadas; quienes con poco artificio comparten un relato que cambia la faz de nuestro ser humano, hoy. Viven quienes reconocen y premian; y vivimos nosotros, públicos que leemos, que vemos, que pensamos; que queremos un buen cuento para no dormir; tan imprudentes, sólo que ahora sabiendo que cuando nos tocamos nos ven, que cuando nos hablamos al oído nos escuchan, que cuando subimos cosas a Internet entran en un procomún del que no tenemos nada claro los límites entre lo real y lo virtual, lo justo y lo injusto, lo ético y lo equivocado. ¿Es que a caso los datos no son como la tierra, de quiénes los trabajan? ¿No son de quiénes los generan? ¿Qué diferencia hay entre un sicario o un escuadrón de la muerte y un ataque con dron, si la cosa es que yo muera?

Es interesante contrastar Citizenfour con Matar al mensajero (‘Kill the Messenger’, Michael Cuesta, 2014), un thriller dramático basado en hechos reales, producida por Focus Features, la productora de cine independiente división de Universal Studios. En ambos casos se aborda “independientemente” la cuestión del alcance del poder de control del Gobierno de los Estados Unidos y sus aliados sobre los ciudadanos del mundo. Un gobierno, por cierto, en manos de un sistema de alternancia bipartidista, demócrata o republicano, del que se desentiende casi la mitad de la población estadounidense que no vota.

Combinamos la visión de estas dos películas, por ejemplo, con la serie Homeland, House of Cards o El ala oeste de la Casa Blanca; y con el documental de Michael Moore sobre los atentados del 9/11; y con las Guerras sucias de Rick Rowley; o con la saga de Misión imposible o James Bond. Y con televisión, con mucha televisión; y con libros, y con web, aplicaciones y redes sociales… ¿Qué hacemos con todo eso? ¿De qué nos sirve saber? Podemos no creer en Laura ni en Edward; podemos no creer en Glenn Greenwald y Ewan MacAskill; podemos no creer en las grandes casas del periodismo que respaldan su trabajo; podemos no creer en que una película puede ser verdad sea o no ficción… Pero si creemos, que es lo que me importa, si creemos ¿en qué se traduce? La verdad está ahí, la tenemos al alcance de la mano, ¿qué hacemos con ella? Y lo mismo con la violencia machista o el abuso sexual a niños y adolescentes.

Edward hizo su trabajo, y cuando ese trabajo chocó con su planteamiento ético, ¿le apostó a su ética? Se puso en contacto con alguien como Laura, y poco a poco se fueron involucrando personajes todos ellos muy valiosos. ¿Creemos en ellos y en su trabajo? La película aún se encuentra en el limbo del entretenimiento: presentándose y difundiéndose pero en unas semanas, quedará ahí, en esos anaqueles virtuales donde se encuentra Matar al mensajero y tantas otras experiencias audiovisuales, escritas, habladas o fotográficas que, en su conjunto, conforman una excelente aproximación a la comprensión historicista del poder del imperio; bajo cuya pax vivimos hoy día, como a otras personas les fue dado vivir bajo el yugo de Roma, o del Faraón, o de Babilonia o de Alejandro Magno o del Gran Khan.

Nunca hubo tanto material para aprehender el presente de lo que nos pasa como civilización. Es urgente pues trabajar en qué hacemos con ello, con ese saber, con ese arte de compromiso con la humanidad. Entonces, es hora de los maestros, de los profesores, de los que acompañan en esto de pensar, reflexionar y ser críticos con la sociedad de la que somos partes y de ser alumnos; especialmente porque por ahí andan creciendo nuestros hijos.

Sergi Puertas fue visionario cuando escribió hace más de una década:

665,1010011010, 667

Al perfeccionamiento absoluto
De las tecnologías de comunicación
santificadas hoy por el gran público,
le seguiré, de seguro,
un rechazo vilolento y unánime
de las tecnologías de comunicación
por parte de ese mismo gran público.

A más interactiva la experiencia
ya se sabe
más aniquiladora resulta.

Serán precisas entonces
nuevas tecnologías encaminadas
a abrir distancias entre nosotros, cavar fosos
que nos preserven así del otro
que nos guarden de salir del contacto
digitalmente tullidos
binariamente escaldados
hexadecimalmente defraudados.

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