Archivos Mensuales: abril 2015

Encerronas

En lo más alto se está un tiempo relativamente corto. No se cabe bien, lastima. El aire está enrarecido, falto de oxigeno, todo es afilado en la cúspide. Imposible acomodar en la poltrona las posaderas en los tiempos que corren; en los que hasta el más pintado sufre una encerrona, y se lo crujen.

Recordamos a Dominique, entonces, haciendo malabares como elefante en una pista de circo; percibíamos en él la emoción que lo aclamaba como líder en Francia; como para no excitarse si lo tuyo son los menage, la melange. Lo que pasó después siguió siendo un circo para Dominique; de medios, de opinión y de audiencias con hambre de relatos opulentos; hay una película, libros, millones de dólares que cambiaron de manos. Una encerrona que lo dejó fuera de juego, interrumpiendo algo que tenía muchas posibilidades de suceder a continuación. Alguien no quería que pasara, no pasó y de paso, fabricar beneficios de la desesperación de quién todo lo tuvo, y todo le fue arrebatado; lágrimas poderosas que bastan para que corran ríos de tinta; muchísimo mejor este escarnio contemporáneo que aquella guillotina de la revolución, porque así puedes una y mil veces, cortar su maldita testuz ante todos los públicos.

Con Rodrigo han hecho lo mismo: si el pueblo clama, hay que darle un cerdo bien gordo. Al contrario que Dominique, se sentó ahí, sobre la aguja en el pajar del FMI, sabiendo que en su patria no sería aclamado. Aprovechó mejor el tiempo por lo que parece: no cabreó a nadie de los que mandan; se ahorró los intereses fecundos de las orgías e hizo mejor lo que se esperaba de él, o sea nada. Terminada la sesión internacional de acupuntura, regresó a casa a por las sobras, y mudó a bolsa una de las redes más grandes de chanchullos políticos. Si fueron a buscar a Rodrigo de ese modo, con inspector enojado y todo, o es que al lado están pasando una película no apta para menores o, se había pasado de rosca. Conviene asegurarse de que nadie tropiece estos días con alfombra, tan abultada; que nadie estire de la manta ahora que llega el caloret faller; ahora que todos tenemos que prepararnos para aparecer virtuosos en las grandes citas de la contienda de la democracia que se avecina.

No nos podemos complacer como nos gustaría que incluso ellos tengan por encima, o adentro, un pez más gordo si cabe. No hay sorpresa en el semblante de Rodrigo; no hay ningún secreto que no lleve escrito en la cara. Personas como él, que medran en un sistema dejando las entrañas, el corazón y la conciencia en la taquilla: ¿de qué nos extrañamos? ¿Qué ha pasado que no se esperara? Y la mejor pregunta de todas: ¿y ahora, qué?

Seguiremos votando. Seguiremos eligiendo unos representantes, sólo porque no hay otros. Nos seguirán representando ellos, para no dejar desierto el premio, en los tenedores de las instituciones que gobiernan en el país, y en el meollo del corte de las que nos gobiernan a escala planetaria. Con el cerebro lavado de que somos un voto y de que nuestro voto cuenta, cuando en realidad somos personas, con nombre, apellidos y una historia que contar. Fans de libertades que no estamos dispuestos a defender hasta mancharnos, lo entregamos todo para quedar limpios. Consumidores que nos vamos quedando sin dinero pero, atentos a la televisión, a la prensa y a la radio financiada con publicidad, dando rabiosa la actualidad del Apocalipsis en estricto directo. Ciudadanos que pierden sus ciudades y con ellas sus deberes, derechos, sus parques y sus plazas; habitantes sedentarios sin hábitat ni jardines ni ciudadanía; nómadas que no saben a dónde van pero que mueren en el intento de no ser bien recibidos como agentes de paso por ninguna aduana; compradores de crédito virtual que pagarán con todo, menos con el oro que no tienen… Si tan sólo entendiéramos que casi todos aspiramos a la misma luz, y que la mayoría nos conformamos con tan poco.

Pero lo vamos a superar. Vamos a resistir no tener el jersey de marca; no disfrutar el auto de moda; no ser futbolistas ni tener un modelo de novia, el más caro que haya. Sobreviviremos a quedarnos sin vacaciones como hicimos cuando nos quedamos sin trabajo. Aprenderemos a no hacer nada por lo que nos paguen y poco a poco, nos iremos haciendo ricos de nuevo. Mientras tanto, continuaremos perdiendo la vida por un sueño; seguiremos adelante con la vida aunque sea sin dormir; y paulatinamente todos juntos, humanos y desnudos, entre manzanas y serpientes, conversando sobre lo que nos rodea, sobre cómo mejorar la relación con la incertidumbre de una naturaleza que se nos escapa y nos supera. Defendiendo a muerte lo que amamos si es atacado; matando por amor si algo les falta, comida o espacio (que es una forma de comida); hasta de nuevo, un día cualquiera, vestir a un cualquiera de soberano, o de semidiós; porque hacer caso y que nos hagan caso, es demasiado caramelo para el ser consciente, sensible, intelectual.

No quiero beber la sangre de Rodrigo, ¡puaj! Quiero recuperar para la sociedad libre sus caudales: los que tiene mugrientos entre los barros del sótano, los ilegales tras los barrotes de sus cajas fuertes, y los que tiene invertidos (no me quiero ni imaginar en qué). Queremos lo que se llevó de nuevo en la casa de todos, para ponerlo a trabajar, y no dar papaya a los verdugos; no sea que aparezca algún populista y someta a popular referendo, elegir por derecho la vuelta de aquél garrote tan vil.

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Trata de personas

900 personas que emigraban han perdido la vida este año intentando llegar por mar a las costas de esta Europa …que con tanta facilidad defenestramos los europeos. La Guardia Costera Europea ha rescatado a casi ¡10.000 personas desde el fin de semana! 1.511 de ellas en 12 operaciones ¡sólo el martes! 

Joel Millman, leemos en Huff Post, portavoz de la Organización Internacional para las Migraciones, cuenta el testimonio de algunos supervivientes que sí consiguieron llegar a la isla de Lampedusa: afirman que al menos un tercio de los pasajeros eran mujeres y niños y que, en el momento del hundimiento, se encontraban en el interior del casco para intentar protegerse del frío; y que cuando los hombres en cubierta se pusieron nerviosos y comenzaron a moverse porque un barco de rescate se estaba acercando, la embarcación se hundió y el agua llenó el casco. Se trata de personas obligadas a lanzarse al mar sin una buena nave, sin saber navegar, sin saber nadar; con sus amigos, con sus hijos. Obligadas por redes mafiosas, que continuarán siendo crueles y violentas en tierra con los lleguen; porque su negocio no es transportar migrantes discreacionalmente sino tratar con esclavos: un negocio antiguo que ha dado fortunas también en nuestras costas.

No es una ayuda para personas necesitadas de emigrar a Europa que salió mal, digamos: porque a un piloto le entró una rutilante inquietud. Les echan una mano, los amarran, porque son mano de obra para la boyante economía sumergida europea, impulsada con afán por las medidas salvajes de Bruselas y Berlín, de El Cairo y Dakar, de Nairobi… Todos persiguen lo mismo, ganar más dinero. Es el negocio de la pobreza a escala planetaria que cotiza en nuestras bolsas bajo un infinito de marcas amables; el negociado de la miseria humana que se sostiene porque da mucho, mucho dinero; un dinero terrorista al principio; orígenes oscuros siempre esos del primer millón; hasta que se va ennobleciendo la pasta con cada generación que la amasa. Dinero en origen, dinero en el tránsito y en el transporte, siempre por vericuetos ilegales absolutamente desprotegidos; dinero la violación y la violencia; da dinero, hasta embarcar a gente a gran escala, para que naufraguen. Darán dinero aquellos que se salven; darán dinero los que necesiten pagar, además, una deuda y darán dinero para reunir a la familia. Y hasta si todo sale bien serán en dinero el don y las dádivas que lleguen, por remesa postal o durante las vacaciones. Se trata de miles de millones de euros manchados de sangre, sudor y lágrimas.

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), António Guterres, ha dicho estar “profundamente consternado” por este último naufragio y ha apuntado que esta tragedia “demuestra lo importante que es contar con un sólido mecanismo de rescate marítimo en el Mediterráneo central”. Pero añade que  “tampoco se han reforzado los medios legales para que aquellos que necesitan protección puedan venir a Europa”. Algo que tienen todo el sentido; nuestra gran Europa, ni siquiera es capaz de cuidar bien de los suyos, frontera adentro. Para qué esas fronteras, si nuestras sociedades están tan divididas: por clase, por piel, por género… ¡por los dioses que rezamos!

Hemos de estar alerta a esta continuada “doctrina del shock” a la que estamos siendo sometidos; en los Alpes, en Lampedusa: nos distraen como ciudadanos de lo que hay más allá del horror: sirven a la ciudadanía el drama de personas que hasta muertas, dan dinero; y así ocultar la organización, el sistema que se beneficia. Nos pringan un sebo informativo hecho de personas muertas y raports de prensa, de gráficos y chismes sin elaborar por culpa de la prisa que se amontona sobre los cuerpos de tantos seres humanos; pegoteado por las paredes y los muros de todos los medios del mundo global para impedir la fricción del conocimiento, el calor del roce de la toma de conciencia; millones de opiniones y comentarios sobre el mismo punto, como si fuera una pelota, dejan fuera de juego el pensamiento. No podemos quedarnos entre muerte y muerte, esperando. Se nos irá la vida, moriremos, y seguirán muriendo como esclavos. Sea la vida mejorar en esas cosas, en lo que podamos relacionar y aprender mejor; formar parte más de la solución que del problema: al menos eso: contribuir a estirar la cuerda hacia el lado de una conciencia guiada por el amor.

En el año 1992, el británico David Wheatley dirigió una película sobre la emigración africana hacia Europa, producida por la BBC. Se titulaba La Marcha y, entre sus fuentes de financiación, contó con el Parlamento Europeo. El argumento era cómo se iba conformando una gran masa de personas que se dirigían desde un campo de refugiados de Sudán hacia Europa, a través de España, firmemente decididos a llegar, aunque sólo fuese a morir en las puertas de nuestras casas. La película termina que miles de personas lograban atravesar el Estrecho y desembarcar en las playas andaluzas sin que todos los intentos de los políticos lograsen disuadirles de su objetivo. Allí, en la misma playa, les espera el ejército de cascos azules de la ONU, fuertemente armados que encañonan a hombres, mujeres y niños, desesperados y semidesnudos. La escena deja a los espectadores escandalizados y angustiados con el interrogante de cómo se iba a resolver esa situación.

¿Cómo vamos a resolver eso? ¿Cómo respondemos cuando nuestros hijos preguntan por qué? Han pasado 25 años y la pregunta sigue abierta, porque lleva siglos abierta. Abierta, porque no tiene respuesta sino muchas respuestas. Por un lado están las respuestas formales, colectivas; esas que ver con los recursos de todos: la de los guardacostas, la de las vallas de Melilla, la de los equipos de salvamento marítimo, la de los asistentes sociales, la de los gobiernos y organizaciones… Pero por otro están las respuestas informales, personales que toleramos este sistema miserable, cruel y violento, aceptando unas reglas de juego propensas a esclavizar a otros en grado multidiverso, mientras no sea yo; a que existan seres humanos en la miseria, mientras no sean los míos.

La Organización Internacional para las Migraciones, fue creada en 1951 tras el caos y los desplazamientos en Europa occidental consecutivos a la Segunda Guerra Mundial. Desde su origen, como organismo operativo logístico, la OIM ha ido ampliando su alcance hasta convertirse en la principal organización internacional que trabaja con los gobiernos y la sociedad civil para promover la comprensión sobre las cuestiones migratorias, alentar el desarrollo socioeconómico a través de la migración y velar por la dignidad humana y el bienestar de los migrantes. Cuenta con un presupuesto operativo de casi 1,3 mil millones de dólares EE.UU. y una plantilla de personal de 8.400 personas en más de 150 países a través del mundo. La OIM cuenta con 157 Estados Miembros y 10 Estados que gozan del estatuto de observador. Al ser la “Agencia para las Migraciones” la OIM es el punto de referencia en el candente debate mundial sobre las repercusiones sociales, económicas y políticas de la migración en el siglo XXI. Su sede está en el 17, Route des Morillons, Ginebra, Suiza.

Digitalmente tullidos

Decía Laura Poitras en una entrevista difundida por www.eldiario.es en noviembre de 2014: «Sé que estaré en el rádar de las agencias de inteligencia de todo el mundo». Y por supuesto; no cabe la menor duda: y si no fue por su trayectoria como cineasta crítica con el Poder, si no fue por el contenido político e ideológico de su trabajo, especialmente éste último Citizenfour ganador del Oscar 2015 mejor documental; lo sería como cualquiera de nosotros: si creemos lo que nos cuenta Edward Snowden: nuestra civilización es Un mundo feliz, controlada por un Gran Hermano. «Snowden no está cooperando o trabajando para ninguna otra agencia de inteligencia, eso es simplemente una historia creada por el Gobierno», asegura la periodista, elegida por el propio extrabajador de la NSA para hacer pública su filtración. Un acto de fe para el común de los ciudadanos: ¿es real, es ficción? Hemos de creer, queremos creer pero ¿cómo abordar una realidad que tiene que ver con la virtualidad de unos datos y de unos metadatos, que nos llega como un relato shakespereano?

A la NSA se le sale un patito de la fila y no nos cuestionamos su sistema de selección de personal como en cambio sí parece que estamos dispuestos a hacer con Lufthansa. Raro. Con una mano ansiamos aumentar el control y con la otra, limitar su alcance; queremos ser seres con derecho a la privacidad pero que Germanwings conozca hasta los sueños más íntimos de sus pilotos. Las revelaciones de Snowden, por otra parte, son lo suficientemente calientes como para incendiar muchas de nuestras conductas comunicativas sin embargo, no parece que el grueso de la población vayamos a transformar nuestra manera de actuar en las múltiples formas que tenemos hoy para decirnos lo de siempre. ¿Cómo se vive lo privado cuando no importa?

Vive el cine gracias al cuál alguien con una historia que contar –y menuda historia– se enfrenta a alguien con los recursos y las relaciones para contarla. Vive la televisión que nos fue informando en directo mientras ellos grababan en diferido, en Hong Kong; fue y es parte importante en el documental. Vive el periodismo de investigación que tuvo en sus manos cocinar toda esa ensalada descomunal de datos e información al alcance de muy pocos. Vive el poder europeo, imperial también, que se activó contra la hegemonía y el imperio ruso que convenientemente todavía da asilo. Viven las grandes marcas del sector del periodismo de toda la vida que sostienen un alto nivel de calidad profesional, sin cuyo aval no estaríamos antes este Watergate contemporáneo y descomunal. La garganta es cada vez más profunda.

Viven quienes muestran el valor y la capacidad para hacer películas difíciles, controvertidas y arriesgadas; quienes con poco artificio comparten un relato que cambia la faz de nuestro ser humano, hoy. Viven quienes reconocen y premian; y vivimos nosotros, públicos que leemos, que vemos, que pensamos; que queremos un buen cuento para no dormir; tan imprudentes, sólo que ahora sabiendo que cuando nos tocamos nos ven, que cuando nos hablamos al oído nos escuchan, que cuando subimos cosas a Internet entran en un procomún del que no tenemos nada claro los límites entre lo real y lo virtual, lo justo y lo injusto, lo ético y lo equivocado. ¿Es que a caso los datos no son como la tierra, de quiénes los trabajan? ¿No son de quiénes los generan? ¿Qué diferencia hay entre un sicario o un escuadrón de la muerte y un ataque con dron, si la cosa es que yo muera?

Es interesante contrastar Citizenfour con Matar al mensajero (‘Kill the Messenger’, Michael Cuesta, 2014), un thriller dramático basado en hechos reales, producida por Focus Features, la productora de cine independiente división de Universal Studios. En ambos casos se aborda “independientemente” la cuestión del alcance del poder de control del Gobierno de los Estados Unidos y sus aliados sobre los ciudadanos del mundo. Un gobierno, por cierto, en manos de un sistema de alternancia bipartidista, demócrata o republicano, del que se desentiende casi la mitad de la población estadounidense que no vota.

Combinamos la visión de estas dos películas, por ejemplo, con la serie Homeland, House of Cards o El ala oeste de la Casa Blanca; y con el documental de Michael Moore sobre los atentados del 9/11; y con las Guerras sucias de Rick Rowley; o con la saga de Misión imposible o James Bond. Y con televisión, con mucha televisión; y con libros, y con web, aplicaciones y redes sociales… ¿Qué hacemos con todo eso? ¿De qué nos sirve saber? Podemos no creer en Laura ni en Edward; podemos no creer en Glenn Greenwald y Ewan MacAskill; podemos no creer en las grandes casas del periodismo que respaldan su trabajo; podemos no creer en que una película puede ser verdad sea o no ficción… Pero si creemos, que es lo que me importa, si creemos ¿en qué se traduce? La verdad está ahí, la tenemos al alcance de la mano, ¿qué hacemos con ella? Y lo mismo con la violencia machista o el abuso sexual a niños y adolescentes.

Edward hizo su trabajo, y cuando ese trabajo chocó con su planteamiento ético, ¿le apostó a su ética? Se puso en contacto con alguien como Laura, y poco a poco se fueron involucrando personajes todos ellos muy valiosos. ¿Creemos en ellos y en su trabajo? La película aún se encuentra en el limbo del entretenimiento: presentándose y difundiéndose pero en unas semanas, quedará ahí, en esos anaqueles virtuales donde se encuentra Matar al mensajero y tantas otras experiencias audiovisuales, escritas, habladas o fotográficas que, en su conjunto, conforman una excelente aproximación a la comprensión historicista del poder del imperio; bajo cuya pax vivimos hoy día, como a otras personas les fue dado vivir bajo el yugo de Roma, o del Faraón, o de Babilonia o de Alejandro Magno o del Gran Khan.

Nunca hubo tanto material para aprehender el presente de lo que nos pasa como civilización. Es urgente pues trabajar en qué hacemos con ello, con ese saber, con ese arte de compromiso con la humanidad. Entonces, es hora de los maestros, de los profesores, de los que acompañan en esto de pensar, reflexionar y ser críticos con la sociedad de la que somos partes y de ser alumnos; especialmente porque por ahí andan creciendo nuestros hijos.

Sergi Puertas fue visionario cuando escribió hace más de una década:

665,1010011010, 667

Al perfeccionamiento absoluto
De las tecnologías de comunicación
santificadas hoy por el gran público,
le seguiré, de seguro,
un rechazo vilolento y unánime
de las tecnologías de comunicación
por parte de ese mismo gran público.

A más interactiva la experiencia
ya se sabe
más aniquiladora resulta.

Serán precisas entonces
nuevas tecnologías encaminadas
a abrir distancias entre nosotros, cavar fosos
que nos preserven así del otro
que nos guarden de salir del contacto
digitalmente tullidos
binariamente escaldados
hexadecimalmente defraudados.