Rutilante inquietud

Airbus 320, operado por Germanwings.

Airbus 320, operado por Germanwings. 

Es inquietante si fue una cadena de fallos humanos, técnicos o de mala gestión del operador. Es inquietante si tuvo que ver con la huelga en controladores en Francia. Es inquietante la posibilidad de que haya sido un acto terrorista. Un centenar y medio de personas fallecidas y el sentimiento y la emoción de todos aquellos que las conocían, las querían o las apreciaban, servido de tapete para un paquete de debates que gobernarán la pantalla durante las próximas semanas. Hasta el próximo accidente; porque habrá más; siempre los hay. Discusiones en red acerca de: la seguridad en el transporte aéreo; el modelo “low cost” aplicado a la aviación civil y comercial, ruegos y preguntas; la formación de los pilotos para gestión de crisis en vuelo; o la aviónica hoy, en relación al momento técnico y tecnológico que vivimos; pan para nuestros miedos de cada día.

Hubo un tiempo en que lo peligroso era lo del despegue y lo del aterrizaje. Ahora parece que ya no; que la pericia de los pilotos combinada con los adelantos tecnológicos, ha reducido mucho ese tipo de accidentes. Ahora parece que el tema es durante el vuelo de crucero. Damos el mando a los automatismos y al software, cada vez mejor programado para aprender por su cuenta; y nos vemos obligados a cuestionarnos una vez más «¿y quién nos protege de quién nos protege?».

Los accidentes, son grandes impactos gracias a los cuales sacamos a relucir los temas que se vieron involucrados: en trance de mejoras se supone, de evoluciones que de otro modo no logran captar la energía suficiente. A veces hay accidentes que provocan una extinción en masa, y entonces aprender se vuelve más lento pero, no es el caso: todo continúa sólo que con algunos cambios. Quiero pensar que el aprendizaje de la máquina salvará vidas en el futuro: todas esas posibles nuevas veces en que llegaremos sanos y salvos a destino y no habrá nada de que hablar del trasiego; en que la posible crisis se haya podido resolver gracias al conocimiento recogido de esa información tan valiosamente cara. Nadie se prestaría a semejante sacrificio: el cuerpo es lo que nos hace seres humanos y queremos seguir en él; por lo que la accidentalidad se torna aleatoria. O no. Y eso me inquieta.

El pasado accidente en Ucrania, el vuelos desaparecido en el mar, el vuelo desaparecido completamente de la faz de la tierra, el del norte de África tripulado por españoles. Cada accidente pone unos temas en los medios, en las redes sociales, en las conversaciones de oficina y de taberna, en las casas. Y es de suponer que en las altas esferas del estado y del gobierno sea tema; tema de preocupación y plan de actuación. Se hablará durante semanas de la versión oficial, medida a cuenta gota por gabinetes de prensa. Y entre tanto, la gente comentará si será cosa de extraterrestres, de fenómenos paranormales; e inventará toda suerte de conspiraciones y teorías con el fin de rellenar los huecos, las líneas entre los puntos negros.

Atentos a la cortina de humo sobre el operador de bajo coste de Lufthansa, Germanwings, que nos impedirá ver bien quiénes ganan dinero especulando con la subida y bajada de acciones de la compañía. Quiénes, durante estas horas en que nosotros estábamos fuera de juego, vendieron y compraron barato valores decaídos por un momento de horror. Para quiénes, los accidentes de aviación como éste, son lucrativos y en qué medida. Atentos… por que parece que llevamos unos días de fallas técnicas generalizadas: sensores que se congelan, software que cuando controla la nave no quiere devolverla; un gran abanico de problemas que se solventaron en parte “puenteando” a la máquina. La propia Airbus pone a disposición de los pilotos manuales sobre como hacer el “puente” a los sistemas integrados para contrarrestar los errores humanos.

¿Cabría imaginar que la red de información, el cerebro virtual que controla toda la aviación civil y comercial, haya adquirido conciencia de sí, y esté pulseando con los humanos sobre el control? Podemos caminar sin la máquina, pasear, pero no podemos volar así a bajo coste a todas partes, con o sin ton ni son, sin su ayuda; ya no. Las variables a considerar en orden y el poder de computación necesarios son descomunales; unas cuestiones de logística impensables; una locura de caos sobre la marcha que lo rige todo los los pelos. No a esa escala. Necesitamos a la máquina y a su inteligencia virtual para encomendarnos al avión como si fuera un aerobus; nos servimos de ella. ¿Confiamos en ella como en el pasado confiamos en los esclavos en las galeras?

Nos van a adormecer el corazón con dramas humanos directos e indirectos omnipresentes temporalmente en todos los shows de realidad. ¿Quién recuerda a los de Malasyan o a los de Spanair?. Se hará lo necesario para que tengamos claro que podríamos haber sido ser cualquiera, así que mucho ojo: profesionales de la lírica, empleados, madres con bebés; jóvenes alemanes como nuestro hijo que volvían de ver como es el mundo en Llinars del Vallés. Pasarán las semanas y se de nos dará cumplida cuenta –y cuento– de los hechos recogidos por las cajas negras, interpretadas por los técnicos, y por los que interpretan a los técnicos y por los que interpretan a los que interpretan a los técnicos. Un qué pasó que, de nuevo, será una red de medias verdades que dejará insatisfecha nuestra curiosidad sobre la historia; con sus misterios inexplicables y sus secretos, apetito de nuestra imaginación ansiosa de lecturas y ociosa de experiencias auténticas. Lost, comenzando una y otra vez.

Lo virtual, su inteligencia artificial, tiene ventajas respecto a la máquina que ejecuta sus ordenes: un objeto industrial, seriado, mecánico, remplazable; sin vida. Pero el alma humana -entendida como algo cuántico– necesita del cuerpo más que lo virtual, la mecánica. En la vida, el cuerpo que somos es insustituible: somos en la realidad, somos reales, somos cuerpo en vida. La máquina pierde unos metales y unas fibras de carbono, estructuras a punto de entrar en desguace pero su naturaleza virtual pervive, puede extrapolarse a una nave más nueva, aprender y con ella, un puñado de personas lo pierden todo; de las que tan sólo queda el alma, lo virtual, que conserven en el amor y en los recuerdos, aquellos seres queridos que los quisieron. En la especie humana, el alma es importante, pero no todo. No es reemplazable, no se extrapola.

Me pregunto si lo virtual no sentirá parecido cada vez que en un simulador un piloto estrella su avatar. Cuando eso pasa el piloto ni nadie pierde nada; pero, la máquina, quizá sí –¿y sí?: creó un perfil de datos… lo desarrolló con pulcritud genómica y se lo destruyó sin contemplaciones –humanos insensibles a todo lo que no sea su propio interés–. Nunca una persona derrama lágrimas por un avatar hecho añicos; no hay conmoción en perder una de esas vidas virtuales contra una montaña virtual; cuando se colapsa el código pulsamos enter, y reiniciamos. Consideramos la muerte el final de la vida, la evitamos y la tememos, la lloramos y nos angustia; en cambio el «Game Over» se siente apenas un preludio; hasta la próxima partida: «Insert coin». La máquina no llora tampoco a nuestras víctimas.

En este accidente tenemos a un grupo de personas y empresas que ganaron dinero con el siniestro. Habría que investigar qué negocio es ese que rinde en dinero de los aviones estrellados. Una investigación seria, a escala de Naciones Unidas que derive implicaciones, procedimientos y compensaciones. Hay qué saber cuánto dinero y en qué direcciones mueve un evento de esta magnitud: aseguradoras, bonos, plusvalías, acciones, coste para el Estado y para los afectados. Aunque sea legal, tenemos que conocer la faz de esta monstruosidad.

Y desde luego, la máquina: en el momento en que se vuelquen los datos en el sistema: y se cotejen con datos que fueron enviados telemáticamente a tiempo real: la máquina habrá adquirido más conocimiento. Esa situación –¿accidental?– le ha enseñado algo importante sobre operaciones de vuelo sobre la realidad siempre tan montañosa. Muy útil cuando el “low cost”, un día de estos, sea porque se vuela sin piloto, ni copiloto, ni asistentes de vuelo: solo la máquina y nosotros viviendo el bajo coste en toda su plenitud.

Es la misma imagen que la del piloto en el simulador sólo que al revés: su avatar, somos nosotros. Lo que en esencia es información, se nutre de una información muy valiosa (y muy cara humanamente de conseguir) aunque se hayan perdido y ganado unos millones de euros de por medio; y nosotros, que somos en esencia… ¿agua, hidrocarburos, sales y minerales? ¿Un qué, que sin el cuerpo de la vida no podemos vivir? ¿Un qué que sin el cuerpo de quienes amamos, sufrimos tanto? Aunque permanezca el amor, el pensamiento, todo lo compartido durante la vida vuelto virtual, los queremos viviendo de nuevo, regresando a casa, volviendo al teatro, a la pasarela, a la oficina, al hogar lleno de hijos.

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